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Volver a este lugar es como venir por primera vez. A pesar de los cielos azulados y el color ocre de los cordones montañosos que se desprenden desde el macizo andino, que se han convertido en la postal siempre recordada del valle del Elqui, retornar sigue siendo un ejercicio de los sentidos que hacen descubrir todo nuevamente como si nunca se hubiese estado ahí.
Treinta minutos por la desviación de tierra que lleva desde la salida de Montegrande a Cochiguaz, la mítica tierra que en la década de los 60’ fue “descubierta” por grupos místicos y nombrada como un nuevo Tíbet, es pura tranquilidad.
Tanto que sólo un singular perro de tres patas es el único que se inquieta al arribar nuestra camioneta al SPA, pequeño centro de terapias alternativas y cabañas, en que se otorga a los visitantes ese profundo sello de paz que tanto se comenta al hablar de Cochiguaz.
El reencuentro con Florencia, verdadera guardiana del lugar, a la que volvemos a ver después de dos años mantiene la antigua imagen de sus ojos: brillan profundamente. Tanto como las estrellas que prontamente llegan tras el atardecer y que marcan otro de los hitos significativos de todo el valle. El cielo se llena de astros, mientras que la silueta recortada de los cerros que enaltecen aún más el techo del mundo.
Cabalgando por la Nada
No se equivoque con el subtítulo. La nada se refiere a que todo era naturaleza. Pero hay que retroceder un poco en la línea temporal antes de cabalgar. El SPA ha crecido, tiene nuevas cabañas, salón de reuniones, piscina y una serie de terapias entre las que destacan el masaje tailandés.
A eso súmele un servicio de cabalgatas con expertos guías, antiguos arrieros que hoy le hacen a lo turístico. Amanece y un desayuno vegetariano y sabroso, como cada plato que ofrece el restaurante y que tiene el sello “no carne”.
Unos 5 kilómetros al interior de Cochiguaz nos esperan las cabalgaduras. Nos internaremos entre los cerros y quebradas rumbo a una pequeña vega, Las Tolas, donde los trashumantes o pastores caprinos, descansan en su paso anual hacia o desde los Andes.
Dos horas hacia arriba, traspasando sendos cortes cordilleranos y un verdor que se pierde en el fondo del valle y que es el testimonio patente del pequeño riachuelo que corre desde los deshielos glaciares.
El sol pega fuerte. Sin embargo la fuerza de las monturas no amaina y avanzan a paso firme en un paisaje que se torna a cada momento más sorprendente. Es posible observar desde enormes morrenas con miles de piedras del tamaño de una cabeza hasta halcones que vuelan majestuosos entre los cortes montañeros.
Tras 120 minutos llegamos a Las Tolas, de un verde insolente para lo árido del resto del paisaje. Tiempo para fotos, el necesario descanso de los caballos y un chapuzón fugitivo.
Al regresar la ruta se vuelve inestable para los jinetes primerizos quienes bajan de los jamelgos para tener mayor seguridad. No obstante para los que nos atrevemos la experiencia es adrenalínica y a la vez de una profunda tranquilidad, finalmente cuatro patas saben más que dos.
Relax a Toda Prueba
De vuelta en el SPA se adivina la hora de relajarse. Florencia nos ofrece probar algunas de las terapias que componen el “menú” para el cuerpo y espíritu. Baños de tina con hierbas con sales y aromaterapia, Reiki, reflexología, masaje en la espalda, masaje craneal, masaje sueco de pies, de relajación, terapéutico y el ya nombrado tailandés.
Atardece y me tomo un baño con hierbas especialmente seleccionadas del valle. Agua turbia en la tina, que en principio podría parecer atemorizante, da paso a la tentación plena al oler el poderoso perfume de su composición.
Pocas palabras podrían dar cuenta del enorme placer que es estar 30 minutos en la superficie acuosa y estar respirando las plantas más poderosas del Elqui. Sólo la cara de enorme relajo: ojos caídos, sonrisa bonachona y caminar espacial, pueden ejemplificar el estado posterior en que uno cae.
Letargo compartido con quienes experimentaron el Reiki, imposición de manos que realinea los “shakras” o relojes energéticos internos que regulan el adecuado funcionamiento interno de nuestro organismo.
Aún no siendo creyente en energías cósmicas, mantras o la comida vegana, uno es bienvenido en el SPA. Sus creadores han creado en Cochiguaz un lugar de encuentro y sobre todo, de respeto por lo diverso.
Despedirse de este lugar y de los ojos de Florencia es siempre difícil, sin embargo, uno se va con la fe intacta de que podrá volver y ver todo por primera vez, como si nunca se hubiera tenido la dicha de transitar entre sus poderosas quebradas.
Texto y Fotografías: Jorge López Orozco (periodistaviajero@chile.com)
DATOS UTILES
• Turismo Lancuyén: Son los operadores de este viaje y quienes proveen todas las condiciones necesarias para realizar esta travesía o similares en la región. Contacto: www.turismolancuyen.cl
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