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LA CIUDAD DE COBRE

La Ciudad de Cobre

Interesante, esa es la palabra para definir la mezcla de paisajes y realidades que se viven en el circuito del cobre de la II Región, comprendido entre las ciudades de Calama y el ya casi deshabitado campamento de Chuquicamata.

No hay grandes obras urbanísticas, ni grandes edificios que le otorguen características arquitectónicas propias, no hay demasiados monumentos y el centro es pequeño.

Sin ser un lugar feo, a la primera vista no parece atractivo. Sin embargo, hay muchas cosas por ver. Mucho escondido y en la que el alma de minero del viajero debe florecer para poder saber separar mineral de escoria.

Rincones de Calama
Una de las cosas que sorprenden al llegar a la capital provincial del Loa, es que precisamente este pequeño afluente otorgue, en medio del desierto, una zona con tantos árboles y áreas verdes. Y es comprobable, por ejemplo, en la plaza de Armas que colinda con la iglesia local, en donde los parroquianos capean la hora de la siesta y en que el comercio cierra sus puertas.

Aún así es posible pasar dichas horas en el modernísimo Mall que fue inaugurado hace un par de años y que permite vivir la fantasía del aire acondicionado versus el aire caliente del desierto, además de aprovechar la sala de multicines y las grandes tiendas comerciales. Una de las pocas obras nuevas de Calama y que junto a su vecino edificio corporativo de Codelco, forman el flamante núcleo tecnológico de la ciudad, que contrastan aún con el resto de los peladeros y poblaciones aledañas al sector.

Cercano a este punto se encuentra el mítico estadio Municipal, eternamente naranjo y lleno de glorias del mejor equipo de la zona norte de todos los tiempos: Cobreloa. Para visitarlo solamente hay que pedir permiso en portería y se podrá revivir imaginariamente las satisfacciones de tantos loínos, a menos que se tenga la fortuna de ver un partido en vivo y escuchar la clásica sirena minera como telón de fondo mientras ataca el equipo local.

Otra zona de interés es su mini centro, con un monumento al trabajador minero, mientras se ofrecen en distintos locales jugos naturales de mango, guayaba o maracuyá por pocos pesos.

Desde aquí se puede enfilar por la avenida O’Higgins, en medio de apacibles barrios, hasta llegar a la entrada de la ciudad para encontrarse con el Parque El Loa, zona que recoge grandes cantidades de agua de este afluente y se transforma en un balneario de verano. Una zona rica en varios hitos como sus dos museos: el arqueológico y el histórico.

El primer lugar se encuentra en reparaciones para modernizarlo ya que los tesoros arqueológicos con que cuenta son de valor superlativo, tales como momias milenarias, tejidos prehispánicos de la cultura Topater y un sinnúmero de rastros dejados por las numerosas etnias que vivieron en la zona.

El Museo Histórico, al cual se llega atravesando un puente sobre el río Loa, es completamente admirable por el esfuerzo que se denota en sus vitrinas y en la completa muestra histórica, cultural y natural de Calama. Aunque pequeño en tamaño, la cantidad de objetos recolectados hacen sumamente necesaria su visita.

Asímismo, se puede avanzar, en el propio parque, hasta su torreón de piedras, construido asimilando a un pucará y observar el tranquilo paso de las aguas del Loa que conforman el oasis minero.

Si en el día eso basta para darse una impresión, la noche muestra una cara distinta. Como todo buen lugar de mineros hay minas, pero de las vivas, ofreciendo sus compañías en decenas de locales que transforman a la ciudad en un gran barrio rojo y que compiten de igual a igual con los pubs en ganar adeptos a sus sitios. No hay mucho de que cuidarse, no mucho más que en cualquier otro lado.

Hacia Chuquicamata
Pero la visita estaría incompleta si no se llega a la gran fuente de riquezas del país: la mina de Chuquicamata. Para visitarla hay que ser previa reserva al tour gratuito que realiza Codelco diariamente y recorrer la recta carretera que separa el mineral de la ciudad.

Una vez en las oficinas de la minera y presentarse, se hace avanzar al grupo a una amplia sala en que un guía bilingüe destaca las importantes cifras que maneja la mina a tajo abierto más grande del planeta. Datos como que es una de las dos cosas que se ven desde el espacio junto a la Muralla China, que por cada tonelada de extracción no se sacan más de 10 kilos de cobre fino o que la mina da trabajo a 8 mil personas.

Codelco es el principal productor cuprífero del mundo con una participación de más 1,63 millones de cobre fino y mucho de este material sale de la gran cantera loína ubicada a 2.800 metros de altura y que ya tiene más de un siglo de historia.

Posteriormente de la instructiva charla, a la que se suma un video institucional, comienza la aventura. Un bus de la empresa traslada a los visitantes a la mina, mientras todos se preparan colocándose sus cascos mineros de rigor, regla de oro de la empresa.

Tras un breve recorrido por las casas del poblado, se entra a la mina y lo primero que se observa es el campamento Americano, construido hace 89 años y que daba cobijo a los norteamericanos dueños de la mina desde 1915. Son un conjunto de notables y amplias casonas de madera que ahora funcionan como oficinas.

Posteriormente se enfrenta a la gran Pala Mundial, gran y antiguo mecano de metal de 26 metros y medio y con un peso de 400 toneladas, utilizada para cargar los vagones de trenes con su pala para 20 mil kilos. Una pequeña cantidad comparada con las que ahora son capaces de cargar mucho más, pero un gran símbolo de la modernización de las faenas mineras. Frente al coloso mecánico se encuentra una estatua dedicada a los mineros.

Luego se avanza directamente a la mina, al enorme orificio en que generaciones de hombres se han empeñado en sacar las riquezas de la montaña y que muchos más ojos de todo el país han observado a través de la televisión. Cuando se mira la totalidad del tajo, sus caminos o sus laberínticos recovecos, las visiones anteriores quedan pequeñísimas y relegadas a un mal recuerdo.

El espectáculo es colosal, profundo y enigmáticamente extraño y los turistas lo sienten quedando petrificados ante la observación de las faenas o sacando fotografías por montones.

Junto a ello, a un costado, un enorme camión-museo hace las veces de guardián y de testigo de la admiración visitante. Fotos de rigor para luego observar que cada uno de esos camiones, de ocho metros de altura, se pasean como Pedro por su casa, por los caminos que serpentean la mina, mientras el guía continúa torpedeando los oídos con cifras grandilocuentes acerca del valor de los camioncitos (U$ 3 millones) o lo que cuesta para el país un minuto perdido en Chuquicamata (U$ 8 mil).

Fin de la travesía. Uno vuelve al campamento minero con sensación de pequeñez. Pero esa sensación se vuelve nostalgia al recordar que gran parte de las casas y locales comerciales que se observan van a pasar a mejor vida rápidamente, ya que Chuquicamata con sus 15 mil habitantes deben dejar el poblado para reinsertarse en nuevas casas en Calama.

Todo el campamento quedará enterrado bajo toneladas de escorial, como ya pasó con el hospital de la zona, así que hay que aprovechar de ver sus antiguas edificaciones como el teatro Chile o sus viejos galpones. Llenarse de fotografías y de los últimos aires del poblado que crió a generaciones de luchadores mineros que han hecho surgir al Chile actual en medio de la aridez del desierto.

Una lucha que continua ahora unificada en la ciudad de Calama, sitio que en que hay mucho aún por descubrir.

Por Jorge López Orozco

DATOS UTILES
· ¿Cómo llegar?:  Desde Santiago a Calama por bus alrededor de $18 mil pesos. En avión por cifras cercanas a los $100 mil pesos.
· Para ir a visitar la mina de Chuquicamata se deben hacer contactos en visitas@codelco.cl o el fono 055-327550.
· Para ir al Parque El Loa, la entrada es gratuita y los costos de los muesos son inferiores a los $500 pesos.
· Para informaciones acerca de los precios para dormir, es mejor asegurarse en la oficina de Sernatur dispuesta a un costado de la municipalidad. En todo caso hay hostales buenos desde los $4000 pesos.

 

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