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RECORRIENDO CHILE

EL HORNO DE BARRO

Es una cámara abovedada y circular con paredes de barro gredoso y paja, destinada a cocer alimentos por medio de la alta temperatura que alcanza su atmósfera y paredes calentada por la combustión de leña. No hay duda de que desde el hombre aprendió a manejar el fuego se dio maña para aplicar su calor a la cocción de alimentos. De ahí a la construcción de estos primitivos hornos sólo hay un paso.

Los hornos de barro son parte del paisaje campesino del centro de Chile.

Fundos, haciendas, hijuelas y parcelas tienen junto a las casas patronales y pueblos de inquilinos la silueta redondeada y amable del horno de barro encaramado en una base de adobe . Su imagen tan característica de la zona central va desapareciendo hacia el sur, donde el clima lluvioso en exceso no permite una duración prolongada de esta construcción, por el reblandecimiento que experimentan sus paredes con la humedad, por eso hacia el sur sus bases las hacen de ladrillos y los protegen con una mediagua.

Desde Osorno hacia el sur son reemplazados por hornos de piedra cancagua, que además de cumplir la función culinaria sirven como estufas para calentar las casas.

Hacia el norte también desaparecen, porque no hay vegetación que permita obtener la leña necesaria.

Su tamaño varía desde el pequeño horno de barro familiar, cuya dimensión interior no excede los 80 centímetros de diámetro en su base, hasta el gran horno para la fabricación artesanal de empanadas, pan amasado, pastel de choclo y a veces un pavo o un corderito lechón. Estos hornos tienen un diámetro interior que puede alcanzar el metro y medio.

Llegado el momento de hornear, se enciende la leña acumulada en su interior, dejando destapadas las aberturas principales. Después de una hora y algo más (depende del tamaño) de arder el combustible, calentando piso y paredes, se extraen los tizones con un rastrillo y con una escoba hecha de ramas se barren las cenizas.

Luego se introducen y ordenan los comestibles con una pala larga de madera y después se cierra la puerta y la tronera con tapas de madera envueltas en gangochos mojados.

Al cabo del tiempo requerido para la cocción y dorado a punto, se destapa el horno y, con la misma paleta, se extraen los productos, que exhalan un aroma inconfundible. Es un olor cálido, a tierra, cenizas y brasas que, amalgamando con el propio de la vianda la hace tan superior a las que se someten a horneados a gas o electricidad.

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