

El tiempo transcurre distinto navegando. La velocidad sobre los 100 kilómetros por hora que imponen las carreteras o las millas que tragan los aviones por cada minuto, son totalmente un contrapunto a los 16 nudos por hora (29 kms aprox.) que desarrolla el ferry Magallanes de la compañía Navimag.
Pero no solamente el viaje difiere en velocidades, sino que también en sensaciones. La amplitud de espacio que tiene un buque, la cantidad de nacionalidades diferentes que conviven durante cuatro días que dura la travesía y una serie de espacios en la cubierta con vista panorámica a todo el esplendor de la naturaleza patagónica.
Islas desconocidas, territorios escasamente poblados, un mar que va desde la paz a la turbulencia del Golfo de Penas, mil historias marineras y el avistamiento de la fauna del lugar, es parte del paso calmo del buque.
Día 1. Con Vista a Chiloé
Son casi las tres de la tarde del lunes cuando un grupo de turistas premunidos de grandes mochilas y cámaras digitales escucha las últimas instrucciones en la sala de embarque del muelle de Puerto Montt.
El “rolón” (roll on: seguir rodando) como le llaman en la zona, está siendo atiborrado de los últimos camiones y automóviles que son parte importante de la carga de la Magallanes. La vista sobre el seno de Reloncaví, isla Tenglo y las cocinerías de Angelmó ya dan un marco de cierta espectacularidad. Pero a medida que avanzan los minutos antes del zarpe, los Andes se abren del manto nuboso y muestra los conos del Calbuco y del Osorno.
A la hora de la salida todo el mundo se encuentra en la cubierta principal. Lentamente salimos hacia aguas más abiertas mientras Puerto Montt, como en una postal, se aleja con las primeras luces que anuncian la noche.
Reconocimiento de habitaciones, una charla de seguridad general y después de unas horas navegamos con vista a la isla grande de Chiloé. Durante la noche una película antecede aleves bamboleos generados por el nunca quieto golfo de Corcovado.
Día 2. Canales por el día, Mar Abierto por la Tarde
Dos cosas impactan en la mañana. El nulo movimiento del oleaje, debido a que el océano se ha convertido en canales salobres y las paredes que demarcan la ruta. Cerros altos con arboledas desde sus bordes abruptos hasta las cimas emergen desde las profundidades marinas ante la vista de los absortos pasajeros.
La geografía es tan distinta a todo lo visto anteriormente en el continente. Pequeños salpicones de tierra en el mar, islas grandes, montes de extrañas formaciones desfilan en canales como el Pérez Norte o Pulluche o Melinka con su pequeño poblado de dos mil habitantes que hacen de la pesca su sustento.
La tranquilidad del viaje se ve solamente sobresaltada por los constantes avistamientos de fauna. Lobos marinos, cormoranes y pingüinos son los más comunes aunque es fácil ver carreras de fotógrafos de babor a estribor para retratar a las toninas que siguen al acorazado o alguna furtiva ballena atisbada por los ojos expertos de la tripulación.
Charlas en el interior que hablan sobre la cultura Kaweskar (bautizados por los occidentales como Alacalufes) o la vida silvestre que se cuela por los ventanales, anteceden a la entrada a las denominadas “zona oceánica”.
Mar abierto en simples palabras. El golfo de Penas, lugar mítico en la marinería sudamericana y causante de varios naufragios, enfrenta con fuertes vientos y oleaje apreciable a los estómagos visitantes. Son doce las horas del movimiento: píldoras antimareo y dormir temprano se aconseja por los parlantes de la Magallanes.
Día 3. El Edén Kaweskar
Como por arte de magia el bamboleo del barco desaparece junto con el surgimiento de los primero rayos del tercer día de navegación. Nuevamente los canales, esta vez el Messier, acorralan a la embarcación entre bosques vírgenes. Los pasajeros aliviados acuden al desayuno mientras las guías anuncian la próxima “atracción”: el bajo Cotopaxi.
En esa zona, de enormes acantilados arbolados, se encuentra un buque varado. “Capitán Leonidas”, barco de bandera panameña, fue hundido por su capitán para cobrar un cuantioso seguro. Lamentablemente fue descubierto por los peritos y el navío quedo en un bajo de arena que ahora lo ha convertido en un faro de navegación.
El Parque Nacional Bernardo O’Higgins protege a gran parte del trecho que transcurre desde la Leonidas, el área reservada alcanza a las 6,5 millones de hectáreas y está compuesta por centenares de islas e islotes cubiertos de lengas, coihues y cipreses.
La Angostura Inglesa, una de las zonas más estrechas en el paso de la Navimag, es el preámbulo del poblado de Puerto Edén.
Enclavado en la isla Wellington yante un paisaje verdaderamente asombroso, los pasajeros pueden desembarcar a recorrer sus pequeñas calles de madera. Pasarelas dispuestas sobre las lomas para que los menos de 300 habitantes puedan caminar sin problemas ante las abundantes lluvias.
Pero evidentemente lo más importante es la posibilidad de convivir con la decena de descendientes Kaeweskar de linaje puro que aún viven en sus ancestrales tierras. Cautos al hablar, es posible granjearse su confianza comprando alguna d elas artesanías que ofertan al visitante.
Tras una hora por Edén, el barco se traslada hacia la zona del Glaciar Pío XI, el más grande de Sudamérica y el uno de los pocos que aún se mantiene en avance de sus congeladas masas de aguas.
Día 4. Recalando en Natales, la Puerta de Patagonia
La última noche es de fiestas varias en el buque entre sus pasajeros. Tres días de intensas emociones y de una naturaleza pródiga han ocasionado uniones y amistades que durarán, algunas, más que solamente en los recuerdos.
La última jornada depara aún sorpresas como el paso White, el más angosto de toda la ruta y que obliga a madrugar, desde ahí la vorágine de la llegada hace perderse algunos parajes, sin embargo ya Puerto Natales se huele.
Un dicho natalino habla de que cuando el rolón llega, el viento se levanta. Se cumple la profecía con exacta precisión y obliga a una serie de maniobras al capitán de la Magallanes antes de poder, finalmente, atracar a puerto.
Las coloridas casas de Natales dan la bienvenida a los viajeros. Este lugar es uno de los sitios perfectos para comenzar a explorar la magnífica profundidad de Patagonia. Torres del Paine, Calafate, Punta Arenas o Tierra del Fuego esperan a los turistas con sus historias secretas y la amistad franca de su gente.
Texto y Fotografías: Jorge López Orozco (Periodistaviajero@chile.com)
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