
Viajar en micro durante el verano puede convertirse en ocasiones en una verdadera tortura. El calor que impregna los asientos se siente más feroz en la medida en que se avanza cada cuadra. Es en esta realidad, cuando para alegría de todos, aparece de pronto al lado del cobrador automático alguien que podrá ofrecer una alternativa, que al menos, nos refresque por algunos minutos: el clásico vendedor de helados.
Con el típico grito que los ha hecho famosos “Choco Panda a $100”, se deslizan por el pasillo de los microbuses tentando a todos los pasajeros con ofertas convenientes y variadas que albergan al interior de sus cajas de plumavit. Los helados de agua son los más cotizados, en especial los sabores de piña, manzana y mora. Luego vienen los rellenos con crema cubiertos de chocolate, naranja o frutilla.
La experiencia de un heladero
Cristián tiene 18 años y por una razón muy sencilla se decidió a vender helados en la locomoción colectiva en esta temporada estival: no encontró trabajo en ninguna otra parte.
“Mi hermano era heladero y al ver que yo no encontraba pega, me aconsejó que saliera a vender helados. Me dijo que me podía ir bien y que además me iba a entretener caleta”, cuenta.
Le hizo caso y comprobó sus buenos presagios. Lo pasa muy bien e incluso comparte con nosotros algunas de sus aventuras: “Hace un tiempo conocí a una rubia espectacular y siempre estoy pendiente de encontrármela en la micro. Trato de hacer coincidir mi recorrido con el de ella, porque es realmente rica”, cuenta con cara de enamorado.
El sector que escogió este joven para desenvolverse es Apoquindo entre las estaciones del metro Tobalaba y Escuela Militar, “Yo antes había trabajado por aquí en un restaurante y en un supermercado, por lo que conozco el sector. "Es un buen perímetro porque aquí mucha gente al salir de sus trabajos compra su heladito”, comenta.
El dinero que gana no es una fortuna pero alcanza para las cosas básicas. El promedio fluctúa entre los $7.000 y los $8.000 diarios. "Eso sí cuando no hay muchos heladeros cerca", advierte. Esa plata la reparte: "A mis viejos les doy cuatro lucas y el resto es para mí. A veces trato de ahorrar, pero la plata se va altiro”.
Cristián sabe que este trabajo es momentáneo porque su verdadero sueño es estudiar arquitectura. “Ya salí de cuarto medio y quiero entrar a la universidad. Y si no lo logro voy a poner mi propio negocio, voy a ser mi propio jefe y nadie me va a mandar”, asegura confiado en su futuro. Por Carol Urquiza
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