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PARQUE FORESTAL

Parque Forestal

De lunes a viernes la angostura del Parque Forestal es invadida por escolares cimarreros y parejas que se lanzan  en sus pastos a descubrir los placeres de la piel. En cambio, en los fines de semana se transforma en una fiesta de colores en donde familias enteras se pasean desde la Plaza Italia hasta el barrio Mapocho, visitando museos, cafés, espectáculos callejeros, malabaristas, ferias de las pulgas o transitando en medio de las hojas invernales que se arremolinan sobre el maicillo.

Este lugar ha sido epicentro de una serie de actividades ciudadanas que han marcado la historia de la ciudad. Desde las antiguas ferias de los libros, hasta los miles de desnudos de Tunick; desde las celebraciones que se encauzan por sus prados desde Baquedano hasta las fiestas de la Cultura; desde el maldito polen de los plátanos orientales en primavera hasta las protestas ochentenas contra el régimen. Todo aquí respira aires santiaguinos y, a su vez, otorga un pequeño pulmón de oxígeno a la selva de cemento.

Centenario vecino de la zona centro de la capital y residente de la comuna de Santiago, cuenta entre su inventario una decena de esculturas que engalanan sus pequeñas lomas y antiguos escaños. Tradicional por definirlo de alguna forma, su historia tiene que ver con la necesidad de la oligarquía regente a finales del siglo XIX para contar con algo de estilo europeo en el corazón de la metrópoli.

El Factor Dubois
Los terrenos fiscales que se plegaban junto a la ribera del Mapocho fueron los adecuados, a juicio del jurisconsulto Paulino Alfonso, en el año 1892 para crear un parque público. Aceptada la idea por el Intendente Enrique Cousiño, la ejecución de la idea fue aceptada por el arquitecto francés Jorge Dubois.

Su formación fue aprobada por Ley el 9 de enero de 1893 y comenzó a ser construido un año más tarde. En 1898 se plantaron los plátanos orientales al costado sur del río. El diseño implementó la misma escuela urbanística europea de esas épocas pero con la diferencia de tener que seguir un trazado lineal que acompañará al Mapocho, más que un espacio concentrado.

El resultado final son 12 áreas de extensión que cuenta entre sus especies vegetación autóctona como peumos, palmeras, araucarias, quillayes y otras foráneas como ceibos, magnolios, acacias, paulonias.

Una serie de monumentos engalanan el paseo al que pueden acercarse los visitantes desde principios del siglo XX: La Fuente Alemana (1910); Escultura al Dios Pan (1945); Busto a Bartolomé Mitre (1972): Monumento a Rubén Darío (sin data) o el Monumento a los Escritores de la Independencia (1987) se cuentan entre los más destacados al igual que el busto a Cristóbal Colón siempre floreado los 12 de Octubre.

Sin embargo todo este emplazamiento se vio beneficiado con obras que ahora albergan gran parte de la actividad cultural de la capital: Museo Palacio Bellas Artes (1910); Estación Mapocho (1912) y el Palacio Bruna (1918).

El Gran Museo de Santiago
Uno de los puntos centrales del recorrido por el Forestal lo comprende el enorme palacio del  Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago. De estilo neoclásico fue creado en 1910  por el arquitecto chileno Emilio Jecquier.
La idea del edificio coincidió con la conmemoración del primer centenario de la República, convirtiéndose desde esa fecha en uno de los sitios obligados de la cultura del país. Su estilo arquitectónico mezcla el ya nombrado neoclasicismo con detalles de Art Nouveau y toques estructurales en metal.

Jecquier tomó el recorrido interno y la fachada principal del Petit Palais de París, marcando una tradición que mira hacia el viejo continente en el gusto de Santiago. La cúpula de vidrio que corona el Hall central del Museo fue diseñada y construida en Bélgica, adquirida a la Compañía Centrale de Construction de Haine, Saint Pierre, y traída a Chile el año 1907. El peso aproximado de la armadura del Museo es de 115.000 kilos y los vidrios en la cúpula suman 2.400.

Notables expediciones hacen que los domingos, con colaboración en lugar de entrada, el reciento se vea lleno de ávidos ojos que admiran, juzgan o critican las exposiciones que van desde la fotografía a la escultura.

Paseo Obligado
Recorrer la extensión del parque, 171.910 metros cuadrados y 6.477 árboles, es uno d elos pocos placeres “naturales” que se pueden encontrar en una ciudad cada vez más colapsada por la modernidad. En su interior la gente avanza a un ritmo más lento que los veloces autos que recorren sin pausas las vías aledañas.

Hay tiempo para sentarse, para pasear en bicicleta, para pasear perros urbanos tipo departamento, para reencontrase con los amigos y conversar. Para vivenciar lo que fue su idea original: ser un lugar de encuentro.
Paseo obligado de los fines de semana, desde su antigua formación lucha aún hoy por ser un espacio de paz, relajo y seguridad, la cuál para ser francos se da más de día que de noche. Sine embargo la fiesta en que se convierte la gente en su conjunto lo hace una opción más que válida a la hora de redescubrir nuestra ciudad. Al menos mucho más que pasearse como zombie delante de vitrinas muertas en el Mall de moda.

Por Jorge López Orozco (periodistaviajero@chile.com)

 

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