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VINOS DE CHILE

AMENAZADA POR CONVIVENCIA

Por Rodrigo Ortega

No están para chistes en el Valle de Itata. Y no es para menos. Por estos días se vive una verdadero funeral por una planta de celulosa que comenzará a operar en junio próximo. ¿Que hay de malo en eso? Nada, de no ser porque la gigante industrial limita con varias bodegas vecinas y, según enólogos especialistas, amenaza con contaminar el aire y el agua con dioxina, un peligroso químico que puede convertir en desaguadero el río Itata y poner en jaque (mate) el futuro de los vinos del sector.

Digámoslo de esta forma. Celulosa Arauco está amenazada por convivencia. Y no hay que ser Koyak para darse cuenta que las bodegas están poniendo el grito en el cielo porque saben que los viñedos y los vinos de la zona pueden correr peligro cuando se eche a andar el Complejo Forestal Industrial Itata.

La historia de esta planta partió cuando La Fundación Chile, (parte de la Corporación Nacional de la Madera) canceló un proyecto estrella para mejorar las cepas de las viñas y hacer transferencia tecnológica a los campesinos. Suena increíble. Pero el proyecto llevaba cinco años y estaba de lo más bien, cuando de la noche a la mañana la Fundación vendió sus 200 hectáreas de viñedos (traidos de Europa y Estados Unidos) a la celulosa chilena y botó todo el trabajo a la basura. Business is Business, dicen por ahí.

Así la celulosa decidió invertir US$1.400 millones y levantar la planta más grande de Sudamérica, ubicada en el sector Nueva Aldea, a 30 km al Oeste de Chillán, en la ribera sur del río Itata y cerca de las comunidades de Ránquil, Portezuelo, Trehuaco, Coelemu y Quillón).

Su construcción preocupó a la Conama, que le hizo algunos alcances al estudio de impacto ambiental original (año 2002), pero de todas maneras se siguió adelante con el proyecto. A pesar de la última gracia de este gigante de papel que contaminó el río Cruces, en Valdivia, con residuos líquidos industriales (Riles) y de paso mató a decenas de cisnes de cuello negro en un santuario de la naturaleza.

Son varias las bodegas que se verían afectadas con la entrada en marcha. Entre ellas Casa Nueva, Tierra y Fuego y Viñedos Larqui. Pero la que literalmente está en el patio trasero de la celulosa es Viña Casas de Giner. Instalada en la hacienda Cucha Cucha, en la confluencia del rio Itata y el Ñuble, a 35 kilómetros al oeste de Chillán, esta bodega cuenta con 250 hectáreas, 120 de ellas para vinos finos, entre ellas, variedades cabernet sauvignon, merlot, chardonnay, sauvignon blanc y malbec.

Fernando Giner es su dueño y ha hecho de todo para llamar la atención. Ha llamado a la prensa, a las autoridades, y hasta se ha comunicado con los dueños de la planta de celulosa. Pero hasta ahora nada. “Les he mostrado la viña a la empresa pero, al final, no me han dado ninguna garantía de que nada va a pasar. Aquí hay 250 hectáreas en la zona y se han invertido más de US$ 5 millones en tecnologías para plantaciones. El problema es que tenemos cepas finas y el negocio de exportación de vinos se va a ver arruinado porque las emanaciones del aire van a caer sobre las parras, las hojas y las uvas. Por eso estoy guardando muestras de esta temporada para compararlas con las que se produzcan después y demostrar que estoy en lo cierto”, afirma Giner.

Ricardo Merino, enólogo y profesor de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Concepción, está convencido que hay evidencias comprobadas que demuestran que los desechos de la planta de celulosa serán genotóxicos, contaminantes para las bodegas cercanas y la población.

“Además de alteraciones de la capacidad intelectual, feminización de los fetos del sexo masculino y ser potentes cancerígenos, el proceso de blanqueo de pulpas usando cloro genera dioxinas, y las partículas transportadas por el aire desde los incineradores, son la primera fuente de contaminación de las praderas agrícolas y especialmente a las viñas que rodean el sector. Las hojas y el hollejo de las uvas son sensibles a este tipo de sustancias las que terminarían absorbiendo.

Además, el río Itata desemboca en una pradera marina que no tiene más de cien metros de profundidad. Si el agua contaminada con compuestos pesados como aluminio y fierro se vierte ahí, el peligro es inminente para las personas y las bodegas que se nutren de estas aguas”, sentencia Merino.

Pero más allá de los vinos de lo que están preocupadas las bodegas es de la imagen que van a tener de aquí en adelante. Y están seguros que ningún país en Europa les va a comprar una sola botella sabiendo que están instalados al lado de una planta de celulosa. Algo simplemente impresentable para los altos standares de calidad que tienen en el viejo mundo.

Marta Pavez, enóloga de viñedos Larqui, sostiene que “no nos veremos afectados directamente por el problema, debido a que la bodega está hacia el otro lado de la carretera que conduce a Chillán. Pero no significa que estemos libres de polvo y paja. Porque como parte de la zona nos veremos afectados. De saber que nuestros vinos provenientes de una zona en la cual hay una planta de celulosa claramente no perjudicará en el futuro de lo cual estamos muy preocupados. Nos van a echar a todas las bodegas en el mismo saco”.
 

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