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PADRES E HIJOS

LA IMPORTANCIA DEL VÍNCULO
AFECTIVO ENTRE PADRES E HIJOS

Por Miriam Pardo, Psicóloga infanto-juvenil, Docente Escuela de Psicología, Universidad Andrés Bello Viña del Mar.

La gestación de la vida humana señala un recorrido fascinante y complejo que pone en juego la dinámica afectiva entre los padres y su hijo. Los primeros años de vida serán cruciales en la existencia de un individuo, el cual depende de manera radical del entorno afectivo al que se encuentra adscrito. Este contexto, constituido de manera principal por los padres, quienes se responsabilizan de la crianza, o de otros cuidadores que participan de manera directa o indirecta en los cuidados físicos y psíquicos que se prodigan al bebé, marcan diferencias fundamentales. De hecho, la madurez psicológica que se va alcanzando en cada etapa evolutiva se encuentra en directa proporción con el modo en que ese hijo recibe cariño, cuidados, enseñanza de hábitos, correcciones, etc. dentro de una matriz compleja de relaciones afectivas.

Los estudiosos de los efectos cognitivos y emocionales provocados por las experiencias tempranas en los individuos han denominado “apego” al sistema interno autogenerado e instintivo que alcanza metas que permiten sobrevivir a la persona. Este sistema posibilita que las conductas de apego (por ejemplo, llanto, búsqueda de proximidad, etc) se organicen de manera flexible en torno a la figura vincular específica. De esta manera, se han distinguido distintos tipos de “patrones de apego”, los cuales han sido categorizados en cuatro:
 
 seguro
 inseguro–evitante
 inseguro–ambivalente
 inseguro–desorganizado.

La complejidad de la vida humana, en la cual se implican numerosos factores tanto genéticos como ambientales, no garantiza la posibilidad de un “apego seguro” en el individuo. Sin embargo, el deseo de los padres por vincularse incondicionalmente con su hijo, inclusive desde el período del embarazo, produce huellas imborrables en el ser humano, las que se consolidan durante el transcurso del desarrollo.

El énfasis que se pueda dar al vínculo afectivo amoroso entre padres e hijo durante los dos o tres primeros años de vida, tendrá un impacto duradero y bastante decisivo en los aspectos evolutivos del niño, en sus capacidades para aprender, regular emociones, etc.

Lo anteriormente expuesto implica que los padres deben dedicar tiempo a sus hijos. Si bien se ha privilegiado mucho la frase que dice: calidad antes que cantidad, la frecuencia del contacto afectivo es también decisivo para conformar un apego seguro. De esta manera, la periodicidad del tiempo que se dedica a los niños debería ser considerada como prioritaria, sobre todo en los tres primeros años de vida.

A medida que los hijos crecen, el tiempo dedicado a ellos debería contar con la presencia efectiva de sus figuras de apego. Por ejemplo, como los padres suelen trabajar, podrían distribuir sus horarios de manera que la presencia de uno de ellos sea un parámetro seguro para los hijos en determinados espacios del día, ya sea en el momento de ir a dejarlos al colegio, a la hora del almuerzo y, sobre todo, por las tardes, cuando los niños ya se encuentran en casa y necesitan a sus padres como referentes seguros en la organización de sus vidas.

Esto implica que los padres tendrían que concebir el tiempo dedicado a sus hijos como una donación que involucra la incondicionalidad del cariño. Precisamente, nunca deberían quejarse o exigirle al otro que se haga cargo de un tiempo previamente planificado para estar con los hijos. De este modo se conjuga la calidad con la cantidad de tiempo entregado generosamente en la crianza, tiempo que sólo podría modificarse en contadas excepciones (como un viaje, etc.)

Aunque los patrones de apego que se establecen en los primeros años de vida tienen bastante consistencia para el desarrollo posterior del individuo, dichos patrones también son susceptibles a las influencias del medio ambiente. Sin embargo, un niño, cuyo apego sea seguro, tendrá más ventajas que otro cuyo apego sea desorganizado.

En general, los niños con apego seguro son más saludables en sus expresiones emocionales, en las relaciones sociales con sus pares y en la adquisición y dominio del lenguaje. Su autoestima es mejor desarrollada, a diferencia de un niño con apego inseguro–desorganizado, el cual tenderá a presentar problemas sociales en el colegio, u otras dificultades que puedan requerir de ayuda profesional (psicológica y/o psiquiátrica).

Como el desarrollo humano inicia su recorrido a partir de la dependencia absoluta, el logro de la independencia y, por lo tanto, de la autonomía del hijo, implica un esfuerzo importante para los padres sometidos a las enormes exigencias que conlleva la crianza. Para lograr una buena adaptación en los procesos madurativos del individuo, es de suma importancia contar con un ambiente que facilite dichos procesos, es decir, con un ambiente que facilite la tranquilidad emocional, en donde se privilegie el diálogo antes que discusiones alteradas, en donde los padres sean capaces de corregir oportunamente a sus hijos y felicitarlos cuando la situación lo amerite, en donde los padres sostengan emocionalmente a sus hijos cuando éstos se sientan desorientados, tristes, preocupados, etc.; de esta manera, cada figura de apego se establecerá como un referente seguro para el pequeño en pleno proceso de maduración.

Resultará fundamental, entonces, que los padres muestren consistencia, es decir, que sean coherentes respecto a lo que dicen y hacen en la vida cotidiana, lo que se constituye en un referente sólido ante sus hijos, sea en términos de crianza, sea en términos de afecto, de manera que sea posible consolidar un apego seguro.

Precisamente, la solidez que brinda este tipo de vinculación afectiva no sólo se verá paulatinamente reflejada en la adquisición de nuevos recursos cognitivos y afectivos para enfrentar las vicisitudes de la vida, sino que, y de manera más concreta, se verá reflejada en el plano de las relaciones familiares y sociales que podrán ser muy satisfactorias.

La insistencia en enfatizar la relación afectiva de los padres con su hijo en los primeros años de vida, entendiendo que las personas necesitan del afecto y la ternura durante toda su vida para mantenerse saludables en términos afectivos, no tiene otro objetivo sino recalcar la labor insoslayable de los padres, los cuales ratifican a su hijo amándolo, cuidándolo y educándolo en el día a día del entretejido relacional, lo que implica entregarle las herramientas necesarias para que inicien el camino que transcurre desde la dependencia absoluta hasta la independencia y/o autonomía. Si bien este camino ha de enfatizarse en los tres primeros años de vida, período en el cual los seres humanos somos más vulnerables, debería prolongarse durante la infancia, para volver a enfatizarse en períodos críticos como en la pubertad y adolescencia, con el fin de que los padres estén presentes en esta trayectoria de vida del hijo, cuyos procesos madurativos y el apego seguro lo conducirán a enfrentar la vida con una mayor cantidad de recursos internos.

Publicado el 2005-12-05
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