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RECORRIENDO CHILE

AL COMPÁS DE LAS OLAS

Pichilemu se escucha cada vez más. Su mezcla de paisaje campestre y playero atrae a muchos visitantes que ahora tardarán sólo dos horas 50 minutos entre la capital y “bosque pequeño” (significado etimológico en mapudungún), por un nuevo camino totalmente pavimentado.

Basta con salir de Santiago por la Autopista del Sol, llegar a Melipilla, dirigirse a la Central Rapel, continuar a Litueche y ¡ya hemos llegado!. Doscientos cinco kilómetros de viaje que permiten ahorrar los 60 más que toma la tradicional ruta desde San Fernando. Una hora de recorrido menos que puede ser aprovechada conociendo la plaza Prat de la ciudad –con flores y árboles añosos- o paseando al interior del parque “Agustín Ross”, que posee más de 80 palmeras y jardines con rosas y nardos.

Con cerca de siete mil habitantes, la capital de la provincia Cardenal Caro, en la VI Región, rinde honor a su pasado manteniendo en pie antiguas casonas, hoteles y el edificio del casino, que dan cuenta de su pasado señorial, atracciones que se alternan con el pintoresco panorama campestre que ofrece la ciudad y el “boom” que sus playas han experimentado desde hace 30 años al ser conocidas como uno de los mejores lugares de Chile y Súdamerica para practicar surf.

Esos ecos se sienten en el extranjero, razón por la cual cada verano surfistas novatos y profesionales –de aquí y de allá- concurren con sus tablas hacia alguna de las tres playas de la zona para “montar” sobre las olas: La Puntilla, Infiernillo y Punta de Lobos.

Pichilemu Aristócrata
Antes que llegara el hombre el mar siempre estuvo allí, bañando una región de rudas tierras en las que terminaba la extensión de haciendas, en el sur de Colchagua. Una de ellas, de nombre “El Puesto” –que formaba parte del mayorazgo fundado por Basilio de Rojas y Fuentes y que heredara su sobrina, esposa de Francisco de Borja Larraín- lindaba con Pichilemu.

Hasta que en los albores del siglo XIX, el político y economista Agustín Ross (1844-1926) quiso hacer de un desolado predio costero un completo lugar de descanso para la alta sociedad de Santiago. Para eso, en 1885 compró los terrenos necesarios en los que pudiera trazar un programa de adelantos que beneficiara a Pichilemu, en donde iniciaría la construcción de un Gran Hotel con todo tipo de comodidades.

“Era una costa virgen, desconocida, inexplotada, con su permanente silencio, que sólo lo interrumpía el potente oleaje azotando el roquerío que entonces poblaba toda su orilla. Hasta que una tarde cualquiera de comienzos del último cuarto del siglo XIX, descendía por los lomajes de San Antonio de Petrel el carruaje de posta que traía a don Agustín Ross, y apenas los ojos del descendiente de anglosajones cayeron sobre el inmenso mar y presenciaron la belleza de sus aguas bañando la costa pichilemina, quedaron prendados del conjunto que formaba uno de los puntos principales del extenso litoral de Colchagua”. Así relata José Arraño en su libro “Pichilemu y sus alrededores turísticos”, el “enamoramiento” que Agustín Ross –pionero turístico de la zona- sintió por “bosque pequeño”.

El señor Ross, secundado por Evaristo Merino, inició en 1904 las faenas de construcción del actual parque que lleva su nombre, y fue emplazado en la entonces puntilla abrupta, arenosa, y cubierta de cactáceas.

Entre 1906 y 1909 erigió el primer casino que operó en Chile -a partir del año 1917, hoy sólo un recuerdo- que se ubica frente al parque; siendo ambos declarados monumentos históricos el 25 de febrero de 1988.

En 1912 Agustín Ross consiguió traer desde Estados Unidos una flota de automóviles Ford para la clientela de su hotel, aunque muchas familias venían desde sus fundos en sus propios vehículos, trayendo caballos para excursiones y carreras a la chilena.

En 1926 llega por primera vez el ferrocarril a Pichilemu, proveniente de San Fernando. En 1945 se funda el Cuerpo de Bomberos y en 1993 se establece la Capitanía de Puerto. En 1995 la antigua estación ferroviaria de la ciudad es declarada monumento histórico -lugar en que un año después es inaugurada la Casa de la Cultura- y en 1997 se crea un museo para Pichilemu.

Atractivos por Doquier
En la costanera, que bordea las playas La Caletilla y Las Terrazas, hay miradores para contemplar el ancho mar, al igual que en el cerro La Cruz. Otras playas más distantes, además de las ya mencionadas, son Hermosa, San Antonio y Del Chorrillo. Al interior de la ciudad está la laguna Bajel y, junto al parque Ross, la Gruta de Lourdes, una caverna natural de aproximadamente dos metros de alto y dos de ancho en la que en 1950 fue erigida la imagen de la Virgen.

Un paseo por el día desde Pichilemu puede incluir Cahuil, 13 kilómetros al sur, cuyo nombre corresponde al de una gaviota común en la costa de las provincias centrales de Chile. Esta localidad se ubica en las riberas del estero Nilahue y en ella habitan pescadores y los trabajadores de las salinas que aquel forma, que son explotadas desde la época prehispánica.

En las proximidades de “bosque pequeño” se encuentran las lagunas de Petrel y Del Perro, además de interesantes caseríos como Siete Viudas, Barrancas, El Copao, Pañul y Ciruelos.

Las artesanas de El Copao ofrecen artículos de greda a bajo precio, como fuentes, platos, maceteros y ollas, mientras que en Pañul se puede apreciar artesanía en arcilla. Pintoresco es también el pueblo de Ciruelos, en cuya escuela cursó sus estudios primarios el primer cardenal chileno, José María Caro (1866-1958), que murió el año en que en Pichilemu hubo un eclipse total de sol y en cuya memoria se dio el nombre a la provincia, creada en 1979. Merece una visita el museo del pueblo, que data de 1854.

Los coches tirados por caballos y el cine Royal constituyen atractivos en el día, dando paso a una noche en que residentes y turistas, en especial en verano, pueden disfrutar de discotheques, salsotecas y restaurantes. Entre los lugares para mover el cuerpo se cuentan las discotheques 127, Vivo y La Fábrica, y las salsotecas Tanguería Siglo XX y Tabankura Grill Bar.

Entre los restaurantes podemos citar el Balaustro, Costa Real, Gringo Viejo y Las Brujitas de las Comillas, mientras que en la diversa gama de hospedaje –que incluye cabañas, residenciales, hosterías y hoteles- algunos son, además del Ross, los hoteles Asthur, Chile España, Rex, Tajamar, Los Adobes y las cabañas Santa Irene.

Washington Saldías, presidente de la Corporación de Desarrollo Turístico de Pichilemu, señala que la ciudad está abierta a todo tipo de público y que ésta puede competir con cualquier balneario de la zona central, tanto en cosas que ver como en infraestructura hotelera.

“Tenemos hoteles nuevos, de cuatro estrellas, que pueden brindar todas las comodidades que da un buen hotel en otra ciudad del país, por lo tanto, hemos avanzado. Además, ahora contamos con un cajero RedBank, gracias a la instalación de una sucursal del Banco del Desarrollo, servicio que era muy anhelado por la comunidad”, manifiesta.

Danzando Sobre las Olas
Al sur de Infiernillo se extiende un frente de mar con abruptos acantilados, entre los que yacen solitarias playas. A seis kilómetros de Pichilemu por camino de tierra está Punta de Lobos, cuyas olas son conocidas en todo el mundo como una de las mejores para practicar el deporte de la tabla. En ese lugar hay restaurantes que tienen a los mariscos como especialidad, frecuentados por muchos extranjeros quienes durante el verano arriendan casas en Pichilemu para practicar surf.

Washington Saldías da fe de esa fama: “En un campeonato que hubo en Sudáfrica los ganadores recibieron como premio venir por dos semanas a Pichilemu, lo que es importante para nosotros porque significa que en el mundo nos ven como una plaza importante para este deporte. De hecho, las olas de Punta de Lobos han sido destacadas en revistas especializadas de surf de Italia, Australia, Estados Unidos y Brasil”.

El tamaño de las olas en Punta de Lobos puede alcanzar los seis metros de altura e incluso más, por lo que está catalogada para surfistas expertos, no así como La Puntilla, más recomendada para novatos por el largo de sus olas.

Allí, para entrar al mar hay que caminar por encima de rocas, cruzar un canal de aguas bien bravas para subir a los morros (islotes de piedra de grandes dimensiones) y luego esperar un buen momento para saltar, entrar al agua y comenzar el equilibrio sobre la tabla.

En dicha playa corre una izquierda larga –aproximadamente de un kilómetro- que permite “danzar” en olas desde los dos metros hacia arriba, sintiendo la fría temperatura del océano. Por eso, es adecuado usar un traje de agua bien sellado (mínimo 4/3 mm) y, si es posible, botines, gorro y guantes sobre todo en invierno. La medida de la tabla indicada para estas “olas gigantes” es desde 6,5 hasta 8,5 pies.

Si crees que nunca te subirás a una tabla no te preocupes, puedes contemplar a los “valientes” que participarán en el próximo Campeonato Nacional de Surf, que se realizará en Pichilemu entre el 25 y 27 de diciembre de este año. De todas maneras vaya preparando sus maletas, porque “bosque pequeño” es mucho más que eso.

Por Andrés Gutiérrez

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