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EL CEMENTERIO CATÓLICO

El Cementerio Católico

El Cementerio Católico se asemeja a una ciudad que da la bienvenida con su mejor barrio: una construcción sólida que data de fines del siglo XIX, con galerías y pasillos de estilo neoclásico, donde se encuentran las familias de la elite santiaguina. Un buen sector del cementerio mantiene una línea estilizada, de avenidas amplias y baldozas o cemento en el suelo y con mausoleos muy bien constituidos, aunque en general más sobrios que algunos del Cementerio General.

A medida que se avanza por las avenidas, van cambiando los barrios: hay edificaciones pobres, de clase media, barrios venidos a menos, barrios populares y barrios nuevos. Todo un laberinto de calles, edificios y niveles,  pasillos sobre pasillos, callejones sin salida y subterráneos, situación que en algunos sectores se torna bastante desorientadora, especialmente si se evita estar bajo tierra.

La Antigua Costumbre
En el tiempo de la colonia y a usanza de los españoles, los difuntos de mayor importancia social eran enterrados en el suelo y los subterráneos de las iglesias. Estatuas y placas se ponían en su memoria, a diferencia de aquellos que quedaban en los patios exteriores. Toda clase de hedores e incluso secreciones recorrían los templos, lo que los convertía en lugares bastante insalubres.

El gobernador don Ambrosio O?Higgins, haciendo cumplir un mandato real, prohibió dichas prácticas e instauro nuevas políticas para que los entierros se hicieran en terrenos destinados específicamente para estos fines. Ya después de la batalla de Maipú en 1818, el nuevo Senado dictó la prohibición definitiva, con lo que se crearon los cementerios comunes, como único sitio para sepultar.

Iglesia y Estado
Por ese entonces, no existía separación entre iglesia y Estado como la entendemos hoy (hasta la promulgación del Código Civil), por lo que los asuntos de orden público y sus resoluciones pasaban necesariamente por la moral católica imperante.

El antiguo status de los templos se trasladó ahora a los cementerios: en el católico eran enterrados quienes podían, a diferencia del fiscal, que más bien era un lugar donde deshacerse de los cuerpos. Era algo más parecido a un potrero y relacionado básicamente con la salud pública.

Ya después de la mitad del siglo XIX, el asunto pasó a la arena política: los liberales, que consideraban la postura de la iglesia como anacrónica y un obstáculo para el progreso, se aquietaban gracias a la alianza con los conservadores, en el parlamento.

Más allá de esto, también había que enfrentar situaciones prácticas: como la ley canónica decía que quienes no eran católicos no tenían derecho a recibir sepultura, los ciudadanos extranjeros con otra religión quedaban literalmente en tierra de nadie.

La Situación Cambia
Fue en 1871 que el asunto se tornó crítico y el gobierno decretó, que en los cementerios estatales debía existir espacio para los difuntos de cualquier credo. El mismo decreto autorizaba la construcción de cementerios particulares, los que al igual que los estatales, ahora serían legos y no regiría aquí la jurisdicción eclesiástica. La decisión no dejó tranquilos ni a los católicos ni a los laicos; sin embargo la Guerra del Pacífico aquietó los ánimos.

Luego de la ley  de 1883, que permitía sepultar a todo ciudadano en cualquier cementerio, la Iglesia retiró la bendición eclesiástica al Cementerio General, por lo que sus seguidores trasladaron a sus difuntos hacia el cementerio católico y el gobierno lo clausuró. Aun así, las sepultaciones seguían y las autoridades llevaron a cabo la llamada "cacería de muertos".

Solo se llegó aun acuerdo en el gobierno de José Manuel Balmaceda, cuando se reabrió el cementerio y la iglesia permitió que en los otros camposantos se bendijera la sepultura, según fuera el credo.

De Arquitectura Sobria
A la fecha, el lugar aun presentaba una apariencia campestre. El predio que antiguamente sirviera para la fabricación de ladrillos y tejas, ahora bajo su primera administración, con el presbítero Ildefenso Saavedra Silva, comenzaría a tomar otra forma. Fue entonces que el arquitecto Latus trazó los primeros delineamientos.

Luego, el Arzobispado nombró al presbítero Ignacio Zuazagoitía Jaraquemada, quien estuvo hasta 1909. Fue entonces que el Cementerio logró la arquitectura reconocible hasta hoy en su parte más antigua, con sus líneas sobrias y nobles, con las puertas de los mausoleos iguales, sus patios ornamentados y los cuatro evangelistas, ubicados  a la entrada del edificio principal. A forma de homenaje, se mantiene hasta hoy un monumento de su persona en el patio principal.

En la entrada del lugar, había una iglesia de la misma época del resto de los edificios característicos, la que luego del terremoto de 1960 quedo destruida. En su lugar se construyó un edificio, que data del año 1965, cuyo arquitecto es Guillermo Infante. Destaca aquí su escultural fachada, a cargo del escultor Peter Horn.

 

Por Alejandro Dreisziger

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