

Matilla es un pueblo que necesariamente se asocia con Pica, al estar separados por sólo 10 minutos en automóvil. El pequeño poblado no tiene las cualidades turísticas que presenta Pica, pero de todas maneras es un paradero obligado para quienes hacen el viaje por el interior de Iquique, así es como lo ofrecen varias agencias turísticas, que venden como paquete el tour por La Tirana, las salitreras, Matilla y Pica, en un recorrido que se puede realizar perfectamente en un día, aunque, como siempre, lo más recomendable es hacerlo por cuenta propia y verdaderamente disfrutar lo que ofrecen cada uno de estos lugares.
En relación al turismo, Matilla no se ha desarrollado de la misma forma que Pica, en donde las inversiones de capital privado y la preocupación de las autoridades por fomentar esta actividad económica han llevado al “oasis del desierto” a convertirse en un punto turístico importante. Matilla, en cambio, se ha ido por otro camino y es más que entendible, ya que competir en la misma liga que su pueblo hermano sería poco productivo. Entonces se ha mantenido la misma imagen y el mismo ambiente que siempre tuvo Matilla, que tiene más que ver con la tranquilidad, con pasar a descansar y a conocer, dejando que el punto fuerte de los viajes sea Pica.
No por estas razones se debe pensar que el pueblo no tiene nada que ofrecer ni mucho menos. La historia de Matilla se remonta a cientos de años atrás, en el siglo XVIII, y así lo confirman sus construcciones más importantes, como lo son la Iglesia de San Antonio con su Campanario y el clásico Lagar de Matilla.
Monumentos en Reconstrucción
Así como gran parte de los pueblos del norte grande, luego del terremoto del 2005 Matilla sufrió las consecuencias de tal fenómeno natural y muchas de sus edificaciones de adobe fueron puestas a prueba, dejando en claro que el paso del tiempo no es en vano y que un sismo de 7,9 grados deja su marca inevitablemente.
Además de las casas y las propiedades de privados, la Iglesia de San Antonio sufrió graves daños tras el terremoto, quedando en muy malas condiciones. Pero este sector del norte recibió mucha ayuda de parte de las mineras de la zona, y la Minera Doña Inés de Collahuasi fue la que se puso con el dinero necesario para la reconstrucción de la Iglesia, que fue originalmente construida en el siglo XVIII.
El aspecto de la Iglesia ha sido renovado, en especial su frontis y el interior, pero la estructura en sí sigue siendo la misma. Con sus cielos redondos y su cúpula central intactas, los matillanos podrán continuar celebrando anualmente las festividades de su patrono, que coincidentemente se realizan el 13 de junio, mismo día en que hace dos años un terremoto prácticamente les echó abajo su Iglesia.
El Campanario, construido un siglo después que la Iglesia, también recibió cierta ayuda después del terremoto, pero sin alterar su imagen original. Hoy sigue en el mismo lugar que siempre, a un constado en frente de la Iglesia de San Antonio.
Otra de las construcciones que data del siglo XVIII es el Lagar de Matilla, que hasta la década de los 30 produjo vino. Desde entonces que quedó para el recuerdo de los matillanos y para el deleite de los turistas, que pueden ver cómo era el proceso de la producción de vino. Aunque en muchas ocasiones se puede encontrar cerrados, la llave se puede pedir en el negocio al costado de la Iglesia, demostrando que en esencia el pueblo sigue siendo pequeño y que la confianza en la gente no se pierde.
Lugar de Reencuentro
A mediados de los noventa, un privado abrió, por su cuenta y sin fines de lucro, un lugar llamado El Gólgota del Reencuentro, lugar para el recogimiento personal en donde se recreaban distintas instancias en la vida de Jesús. Hay reproducciones del Nacimiento y del Santo Sepulcro, además de una capilla y un par de lugares para la oración.
En sí, esta iniciativa de un solo individuo ha sido muy agradecida por peregrinos que salen maravillados por este lugar tan especial.
Fabricantes de Alfajores
La disputa por los mejores alfajores quizás es la mayor riña entre piqueños y matillanos, estos últimos se acreditan como los primeros y los mejores. Las tradicionales fábricas de alfajores han quedado un poco en desuso, pero la producción continúa y estos dulces cada vez son más solicitados por los turistas.
Incluso los sabores han cambiado, de mango, de guayaba, de coco o como sean. La oferta satisface a la demanda y los locales que los venden saben del atractivo para los turistas, en especial para los extranjeros, que con un vaso de jugo de mango y unos cuantos alfajores quedan verdaderamente fascinados.
Por Fabián Cejas
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