

Vestigio de otros tiempos, postal eterna de la identidad céntrica de Santiago y uno de los centros neurálgicos de la catolicidad nacional es la Catedral Metropolitana. Como antes se ha escrito de otras iglesias de Santiago, la construcción actual es la sumatoria de varios emprendimientos anteriores que o por incendios o terremotos quedaron en el suelo.
Desde 1566, la manzana colindante a la Plaza de Armas, se transformó en un lugar de culto. La primera edificación demoró 44 años en terminarse y aunque era más pequeña que la actual, resultó muy hermosa por la riqueza de sus adornos y sus proporcionadas dimensiones. Ésta tenía el acceso principal hacia la actual calle Catedral, característica que se mantuvo hasta el siglo XVIII.
Tuvo una corta vida porque un terremoto en 1647 dañó su estructura fuertemente. La arreglaron de manera poco eficiente ya que un pequeño remezón una década después termino con el templo en el suelo.
La reconstrucción tomó tiempo, ya en el año 1687 se erigía la fachada de la catedral consagrándose, oficialmente, como la principal arquidiócesis de Chile. Nuevamente un sismo terminó con la fortaleza de sus muros en 1730. Dicho terremoto acabó con casi toda la capital, salvándose solamente las casas del gobernador José Antonio Manso de Velasco, la Posada del Corregidor y la de Mateo de Toro y Zambrano, conocida hoy como la Casa Colorada y declarada Monumento Nacional.
Vásquez Acuña, Toesca y la Posteridad
El último movimiento telúrico fue la inyección necesaria para la construcción definitiva de la catedral y que se conserva, en grandes rasgos, hasta nuestros días.
El nuevo edificio fue realizado por el mayordomo (antiguo nombre de los capataces) Matías Vásquez Acuña, quien debió lograr una iglesia de mayores proporciones, y a la vez, resistente a los futuros terremotos. El obispo de Santiago, Juan González Melgarejo, se comprometió totalmente con esta obra y le dio el impulso necesario para su construcción. En 1768, veinte años después de haberse iniciado los trabajos, estaban terminadas dos terceras partes. Un año más tarde, un incendio destruyó la vieja construcción y la mayor parte de las obras de arte que se conservaban desde el siglo XVII, lo cual dio un mayor impulso a los trabajos. En 1775 se inauguró la parte posterior y la nueva Iglesia fue entregada al culto.
Sin embargo fue definitiva la inclusión del arquitecto italiano Joaquín Toesca. Fallecido Vásquez Acuña, la curia confió en el peninsular. Su misión contempló una de las características más importantes que posee la iglesia: su frontis. Todo ello basado en los planos iniciales y que fue solucionada con ingenio y carácter.
El estilo neoclásico reinó en la etapa final de la Catedral. El resultado fue una elegante fachada, sin embargo, no contó con el beneplácito de los santiaguinos.
A fines del siglo XIX, el Arzobispo Mariano Casanova ordenó una serie de modificaciones que transformaron a la Catedral en el edificio que vemos hoy en día. El prelado había decidido terminar la Catedral, para lo cual contrató al también italiano, Ignacio Cremonesi y se dio inicio a las obras en 1898, finalizando en 1906.
“El diseño de Cremonesi está inspirado en un estilo toscano o romano, en las transformaciones la piedra se cubrió de estuco y el artesonado de madera fue reemplazado por un cielo pintado de escenas en recuadros. Interiormente la iglesia quedó constituida por tres naves: dos laterales y una central de mayor altura. El techo está formado por una bóveda de cañón corrido que descansa sobre pilares. En el fondo, sobre el altar mayor, la bóveda remata en una cúpula circular con tambor. Delante del altar mayor se encuentra el coro y más adelante el espacio destinado a los fieles. La decoración es abundante en pinturas y dorados. El cielo de las naves laterales está formado en pequeñas cúpulas, una en cada tramo, que van separadas entre sí por arcos de medio punto. Las naves se comunican entre ellas por detrás del altar mayor, el cual carece de ábside. La torre existente fue cambiada por dos nuevas torres que comparten la parte alta del frontis, sobre las cuales se instalaron las imágenes de Santiago Apóstol, la Asunción de la Virgen y Santa Rosa”, según indica el Consejo de Monumentos Nacionales (Fuente: www.monumentos.cl)
Epicentro de Chile
Sin lugar a dudas la Catedral concentra la historia nacional. Desde los Te Deum Ecuménicos, las ceremonias principales de la vida católica, su papel como protectora de los Derechos Humanos o de las principales actividades de la vida cívica hasta los crímenes de sacerdotes o la quema de imágenes por orates. Muestras de lo que somos como sociedad.
Sus tres portales, la decoración neo-barroca, la potencial tumba de Diego Portales, el potencial asentamiento incaico en que están sus cimientos, los túneles que la unen a otros lugares de un Santiago dormido y subterráneo, son parte de las leyendas e historias que se tejen en sus grandes muros.
Centro neurálgico ubicado estratégicamente en el kilómetro cero, desde sus amplios espacios internos se puede sentir una conexión directa con parte de nuestra identidad en vísperas del Bicentenario.
Por Jorge López Orozco (periodistaviajero@chile.com)
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