Reforma Minera
 

 

La Llave del Tesoro

por José Piñera


Desde el tiempo de los conquistadores españoles, la búsqueda de riqueza en Chile se dirigió hacia el suelo. Para algunos esto significó la exploración en busca de minerales valiosos escondidos bajo tierra: oro y plata, después salitre y finalmente cobre. Para otros fue el cultivo de la tierra fértil que producía trigo, frutas y madera. Siglos más tarde, las principales exportaciones de Chile provienen del suelo y la explotación de la tierra sigue siendo una importante fuente de riqueza.

Pero si la importancia económica de la tierra es un asunto en que existe casi pleno acuerdo, la interrogante acerca de “cómo” debe generarse la riqueza en Chile ha sido un campo de batalla de grandes y opuestas doctrinas económicas.

A lo largo de este siglo, el mundo ha visto el enfrentamiento, muchas veces marcado por el signo de la violencia, entre visiones contrapuestas acerca de la mejor forma de organizar la economía de un país.

En Chile este debate, que adoptó especial fuerza en los años sesenta, degeneró en un violento  y agudo conflicto que, en último término,  produjo una enorme crisis económica y el quiebre del sistema democrático.

La intensidad de ese conflicto fue un testimonio de la enormidad de las concepciones doctrinarias subyacentes. Dos visiones muy diferentes, cada una buscando redefinir cómo debe crearse la riqueza en Chile, han dejado sus huellas en el suelo chileno.

La doctrina socialista, ya sea en su variante comunitaria o marxista, no comprendió que el verdadero capital productivo es aquel que deriva a su valor a través de la creatividad y diligencia de su propietario operando en marcados libres. Por el contrario, erigieron al Estado como una gran redistribuidor de riqueza de acuerdo al erróneo concepto de que la riqueza podía ser masivamente redistribuida para crear aquí en la tierra la “justicia” perfecta.

La esencia de esta visión estatista de la economía y la sociedad se encarnó en la gran Reforma Agraria de 1966. El gobierno democratacristiano de la época intentó demostrar que la riqueza se podía distribuir tan fácilmente como la tierra.

El concepto de propiedad reflejado en la Reforma Agraria se extendería luego a la expropiación de la Gran Minería del cobre y a un ataque generalizado al derecho de propiedad que casi culminó durante el gobierno de la Unidad Popular, en la llamada Reforma Industrial que habría expropiado también a este sector clave de la economía chilena.

En este sentido, incluso los que rechazamos frontalmente la filosofía colectivista que subyacía debajo de estas actuaciones, no podemos dejar de reconocer, de pie sobre sus cenizas, el esfuerzo gigantesco que desplegaron los que realizaron estas enormes- tanto en sus consecuencias como en sus errores- obras de ingeniería política y económica.

La visión de estos ideólogos estaba basada en la errónea creencia de que la relación entre la gente y la propiedad es suficientemente arbitraria  como para que el Estado pueda designar a los dueños de la propiedad. Más aún, los estatistas creen que la propiedad no necesita realmente un dueño y son firmes partidarios de la propiedad pública, pues ella efectivamente significa que nadie es dueño.

Pero no sólo deber tener la propiedad un dueño claro; el dueño debe tener la suficiente seguridad de modo que se interese por mantener bien e invertir en su propiedad. Si el Estado puede disponer libremente de la propiedad privada, quitándole a unos y entregándole a otros, ni los ganadores ni los perdedores de ese ejercicio del poder político se sentirán lo suficientemente protegidos y seguros de su propiedad como para asumir riesgos y asignar capitales para incrementar su valor.

En 1981, la Reforma Minera enfrentó la visión socialista que había generado la Reforma Agraria y generó la ocasión para un claro y dramático contraste con lo ocurrido 15 años antes.

Al crear verdaderos derechos de propiedad en el sector económico de mayor tamaño del país, y de mayor sensibilidad política, el mensaje que envió la Reforma Minera hacia los inversionistas nacionales y extranjeros fue que la propiedad privada en Chile era, desde ese momento, un derecho absolutamente seguro ( Ver Economía y Sociedad Nº 1, marzo 1982).

El proceso de apertura y liberalización del período 73-80 ya había demostrado el compromiso del nuevo modelo con el realismo macroeconómico y la economía de mercado. Ahora se demostraría que la propiedad con dueño era capaz de producir una expansión sin precedentes del importante sector minero creando así riqueza en magnitudes excepcionales.

Entonces en un período  de 15 años se llevaron a cabo en Chile dos reformas de gran importancia y conceptualmente antagonistas, cada una ofreciendo una definición alternativa del tipo de economía que sería preferible para el país.

Un gobierno demuestra coherencia en su política económica según como contesta una pregunta básica: ¿Cuál es la llave del tesoro?

La Reforma Agraria y la Reforma Minera fueron dos respuestas distintas y contrapuestas a esa pregunta, cada una el producto de una diferente manera de ver el mundo, cada una parte de una estrategia global de desarrollo.

Sería difícil encontrar actualmente a un analista serio que no estuviera de acuerdo en que los resultados han sido elocuentes: la llave del tesoro es la creación privada de la riqueza.

La Reforma Agraria produjo una crisis de la producción agrícola y el quiebre de la fábrica social del país. Por su parte, la Reforma Minera ha significado, en el período 85-90, inversiones extranjeras por  US$7.153 millones ( un 70 % del total materializado), destinados a desarrollar nuestra riqueza, crear trabajo productivos, transferir tecnología y, a través de los impuestos, recursos sustanciales para invertir en capital humano. Se estima que la inversión total en minería, tanto de empresas chilenas como extranjeras, sólo en los próximos cinco años será de US$ 9.000 millones.

El concepto de propiedad reflejado en la Reforma Minera de 1981 consolidó una visión nueva acerca de cómo se crearía la riqueza en Chile, una doctrina que llevó lógicamente en los años siguientes a la privatización de las grandes empresas estatales especialmente en las áreas de las telecomunicaciones y la energía.

Pero ahora está ocurriendo un cambio trascendental. Si históricamente la riqueza fue creada poniendo los recursos naturales al servicio del hombre, en el futuro la llave de la creación de riqueza- la llave del tesoro- será el cultivo de la inteligencia y el conocimiento humano.

Actualmente podemos apreciar que incluso la extracción de minerales o productos agrícolas del suelo se apoya más en el uso de inteligencia que en fuerza humana.

Pero aunque Chile ha modernizado importantes sectores de su economía y su sociedad, el sistema estatal de educación se encuentra en una profunda crisis porque está basado en la misma estructura conceptual que originó la Reforma Agraria y que mantiene a Codelco en poder del Estado.

La propuesta del Proyecto Chile 2010 es enfrentar el gran desafío pendiente de la reforma educacional con la misma filosofía que ha demostrado ser exitosa en la Reforma Minera y en las modernizaciones que se realizaron en el período 75-88.

Es un trágico error postular hoy en día que la preocupación especial por los pobres exige que el Estado produzca cobre y educación. Todo lo contrario.

No podemos permitir que la mala calidad de la educación estatal condene a los pobres a una pobreza perpetua cuando existe una alternativa.

El asunto central es que la definición misma de lo que es riqueza ha cambiado y la política moderna debe reconocerlo. Hoy en día la riqueza es fundamentalmente capital humano y el insumo básico es la educación. Es posible que sea menos perjudicial para un país tener empresas estatales produciendo acero o explotando minas, que escuelas administradas por la burocracia estatal.

En una economía basada en el conocimiento, un país con su sistema educacional construido sobre escuelas estatales será considerado semi-socialista. Una profunda reforma educacional es la tarea más urgente e importante de nuestra sociedad.

Las escuelas no pueden seguir siendo consideradas como parte del gasto social asignado para mitigar los efectos de la pobreza y enseñarles a leer y escribir a los hijos de los trabajadores.

Por el contrario, las escuelas deben estar en manos de los más capaces de llevar adelante los mejores proyectos educacionales – programas, metodologías, infraestructura- que compiten entre sí, sectorial y regionalmente, para ofrecer a los jóvenes chilenos las mejores alternativas para enfrentar el siglo XXI. Esto sólo pueden hacerlo empresarios privados dispuestos a desarrollar su iniciativa y arriesgar los capitales a cambio de una legítima ganancia. Los profesores deben dejar de ser funcionarios públicos regidos por un estatuto que uniforma la mediocridad, pasando a ser actores activos de los proyectos educacionales y recibiendo un adecuado ingreso, ya sea por la prestación de sus servicios o como dueños o codueños de las escuelas. El rol del Estado debe centrarse en subsidiar la demanda de educación de los más pobres y asegurar la transparencia y competitividad del sistema.

Así las escuelas podrán transformarse en los centros productivos estratégicos del país, en el lugar donde se jugará la ventaja competitiva de las naciones en el siglo XXI. La educación no sólo reemplazará al suelo fértil y a los yacimientos mineros como el recurso clave para el desarrollo y la creación de riqueza, sino que también será el más significativo determinante de la eliminación de la pobreza en la sociedad.