Libro de José Piñera publicado por el "Proyecto Chile 2010"
(Santiago, septiembre de 1997).
 

 




"Libertad, libertad, mis amigos,
y no os dejéis poner librea
de ninguna clase".

Rubén Darío

 

Libertad, libertad, mis amigos
Por José Piñera

Hoy por hoy sólo el mercado es revolución permanente. Sólo el mercado garantiza dinamismo en todos los planos de la sociedad.

Hasta para Alain Minc, un socialista que asesoró en Francia al Presidente Mitterand "el mercado es el mecanismo desestabilizador que obliga a la sociedad a cambiar". Hablando de la esclerosis de su patria ideológica, el socialismo, Minc escribe: "Que se le pongan los pelos de punta a nuestros viejos demonios marxistas. El mercado es un instrumento revolucionario. Nuestras divisiones culturales se organizaron de tal manera que los conservadores se apropiaron del mercado, mientras que las fuerzas políticas teóricamente progresistas se quedaron con los principios de organización más conservadores que había en la sociedad. La voz de algunos anarco-sindicalistas fue rápidamente sofocada, a comienzos de siglo, cuando afirmaban la capacidad revolucionaria del mercado".

La sociedad libre debiera ser muy atractiva para un joven chileno porque está abierta a una permanente transformación y porque en ella nadie es dueño de la clave del futuro. En una sociedad libre nadie tiene la suerte comprada ni el futuro en contra por definición. Ni el rico para retener su riqueza, ni el pobre para sufrir eternamente su pobreza.

Desde ya la economía libre es superior no sólo en horizonte, no sólo en eficiencia sino también en legitimidad moral a una economía que reprime al mercado, ya que valoriza en su justa dimensión la responsabilidad personal de cada individuo como sujeto de inteligencia, de voluntad y de afectos y como fuente de imaginación empresarial, de inventiva tecnológica y científica, de creatividad artística y de altruismo hacia los demás. Y, por supuesto ofrece mejores perspectivas para mejorar las condiciones generales de vida de la población.

Aunque generalmente no se reconozca, las sociedades libres ofrecen un marco natural para el despliegue y el ejercicio de la solidaridad. No hay filantropía, no hay caridad, no hay solidaridad económica ni moral por orden del Estado.

Las sociedades libres pueden ser tan salvajes o tan humanas como lo sean quienes las componen; tan libertinas o tan puritanas como lo sea el cuerpo social; tan burdas o tan refinadas como lo sea la sensibilidad de sus individuos, y tan egoístas o tan generosas como lo indique la tensión entre estos sentimientos contrapuestos.

Desgraciadamente nos han enseñado a subestimar la libertad y a entenderla sólo como una especie de proyección del egoísmo, como una prerrogativa que nos permite hacer lo que queramos sin responsabilidad alguna.

La libertad ciertamente no es eso. Es otra cosa. En definitiva es una forma de plenitud, un viaje hasta el límite de nuestras posibilidades, una exhortación a materializar nuestros sueños -todos distintos, todos intransferibles- y a quebrar las barreras de la afectividad, del sentimiento, de la caridad, de la ciencia, de la profesión, del deporte, del arte o de la imaginación.

En último término, la libertad nos alienta a sentirnos siempre jóvenes. Porque como escribió alguien, "la juventud no es un período de la vida, es un estado del espíritu, una calidad de la imaginación, una intensidad emotiva, una victoria del valor sobre la timidez, del gusto por la aventura sobre la comodidad. Uno no se vuelve viejo por haber transcurrido un cierto número de años. Uno se vuelve viejo por haber abandonado su ideal. Los años arrugan la piel. La renuncia a los ideales arruga el alma".