Libertad,
libertad, mis amigos
Por José Piñera
Hoy
por hoy sólo el mercado es revolución permanente. Sólo el mercado garantiza
dinamismo en todos los planos de la sociedad.
Hasta
para Alain Minc, un socialista que asesoró en Francia al Presidente
Mitterand "el mercado es el mecanismo desestabilizador que obliga a
la sociedad a cambiar". Hablando de la esclerosis de su patria ideológica,
el socialismo, Minc escribe: "Que se le pongan los pelos de punta a
nuestros viejos demonios marxistas. El mercado es un instrumento revolucionario.
Nuestras divisiones culturales se organizaron de tal manera que los
conservadores se apropiaron del mercado, mientras que las fuerzas políticas
teóricamente progresistas se quedaron con los principios de organización
más conservadores que había en la sociedad. La voz de algunos anarco-sindicalistas
fue rápidamente sofocada, a comienzos de siglo, cuando afirmaban la
capacidad revolucionaria del mercado".
La
sociedad libre debiera ser muy atractiva para un joven chileno porque
está abierta a una permanente transformación y porque en ella nadie
es dueño de la clave del futuro. En una sociedad libre nadie tiene la
suerte comprada ni el futuro en contra por definición. Ni el rico para
retener su riqueza, ni el pobre para sufrir eternamente su pobreza.
Desde
ya la economía libre es superior no sólo en horizonte, no sólo en eficiencia
sino también en legitimidad moral a una economía que reprime al mercado,
ya que valoriza en su justa dimensión la responsabilidad personal de
cada individuo como sujeto de inteligencia, de voluntad y de afectos
y como fuente de imaginación empresarial, de inventiva tecnológica y
científica, de creatividad artística y de altruismo hacia los demás.
Y, por supuesto ofrece mejores perspectivas para mejorar las condiciones
generales de vida de la población.
Aunque
generalmente no se reconozca, las sociedades libres ofrecen un marco
natural para el despliegue y el ejercicio de la solidaridad. No hay
filantropía, no hay caridad, no hay solidaridad económica ni moral por
orden del Estado.
Las
sociedades libres pueden ser tan salvajes o tan humanas como lo sean
quienes las componen; tan libertinas o tan puritanas como lo sea el
cuerpo social; tan burdas o tan refinadas como lo sea la sensibilidad
de sus individuos, y tan egoístas o tan generosas como lo indique la
tensión entre estos sentimientos contrapuestos.
Desgraciadamente
nos han enseñado a subestimar la libertad y a entenderla sólo como una
especie de proyección del egoísmo, como una prerrogativa que nos permite
hacer lo que queramos sin responsabilidad alguna.
La
libertad ciertamente no es eso. Es otra cosa. En definitiva es una forma
de plenitud, un viaje hasta el límite de nuestras posibilidades, una
exhortación a materializar nuestros sueños -todos distintos, todos intransferibles-
y a quebrar las barreras de la afectividad, del sentimiento, de la caridad,
de la ciencia, de la profesión, del deporte, del arte o de la imaginación.
En
último término, la libertad nos alienta a sentirnos siempre jóvenes.
Porque como escribió alguien, "la juventud no es un período de la vida,
es un estado del espíritu, una calidad de la imaginación, una intensidad
emotiva, una victoria del valor sobre la timidez, del gusto por la aventura
sobre la comodidad. Uno no se vuelve viejo por haber transcurrido un
cierto número de años. Uno se vuelve viejo por haber abandonado su ideal.
Los años arrugan la piel. La renuncia a los ideales arruga el alma".
